La niñera

Pablito está contento. Sus balbuceos y sonrisa así parecen demostrarlo. Se acaba de terminar la papilla, ha eructado mientras la niñera le daba palmadas en la espalda y ahora planea dormir un buen rato. Con suerte, para cuando despierte tendrán que cambiarle los pañales y echarle polvos de talco. Incluso, si hace buen tiempo, es probable que la chica cuyo nombre no recuerda le saque a dar un paseo por el parque. Qué vida esta, piensa mientras se relaja hacia el sueño. Todo un trimestre de trabajo esperando este fin de semana. Ha merecido la pena.

Durante la siesta, emails, sms y llamadas de teléfono protagonizan una pesadilla que hace que despierte sudoroso y con cara de aterrorizado. Su primer impulso es ir a coger el móvil, pero cae en la cuenta de qué es lo que ha sucedido y, tras unos segundos de suspense, comienza a llorar a voz en grito. La niñera se acerca y le susurra al oído que no se preocupe, que todo ha sido un mal sueño, que no pasa nada, mientras mece la cuna de dos metros de largo donde Pablito ha pasado las últimas dos horas.  Sigue leyendo “La niñera”

No hay mar que por bien no venga

Nunca creíste que una mujer y el mar pudieran cambiar tu vida, de ahí el sentimiento creciente de euforia que has venido experimentando a cada paso que has dado desde que la conociste. A cada decisión tomada, sin ser consciente de ello, por la influencia que ha logrado ejercer sobre ti. Estabas tan perdido, como un trozo de madera medio podrido zarandeado por las olas, que tuviste que aferrarte a ella, a su manera de ver la vida, para lograr mantenerte a flote. No lo sabes aun, pero es posible que estés a punto de arrepentirte.

Como en una mala película, el sol pareció abrirse camino en el cielo tras meses de tormenta. Eso fue lo primero que te vino a la cabeza, y la pista inicial de que comenzabas una nueva era en la que pensar por ti mismo quedaba aplazado hasta nuevo aviso. Pero te entendemos, todo tenía tan buena pinta. ¿No sabes navegar? No pasa nada: ella es una excelente marina, ¿qué puede pasarte con ella al timón? No queda tanto para que empieces a sospecharlo.

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Crisis en la inmobiliaria

Pulsa el botón con el número cinco. Está comenzando a cansarse del asunto. Se cierran las puertas del ascensor y baja cuatro plantas. Cuando para y se abre de nuevo, sigue estando en el mismo sitio. Lleva así no sabe cuánto tiempo ya. Aprieta el cinco de nuevo. Sonríe. Da por hecho que nada va a cambiar.

Se había subido al ascensor más animado que de costumbre. No es que tuviera motivos especiales para tanta alegría; se había despertado así esa mañana. No le dio más vueltas y, tras los rituales necesarios, salió de casa tarareando una canción de moda, ahora que no le oía nadie. Salió a la calle y caminó hasta la oficina, donde no tenía claro qué tipo de jornada le esperaba. Lo mismo tocaba cerrar varias ventas como pasarse el día cotilleando a amigos en Facebook.

Saludó al conserje al entrar en el edificio señorial, entró al ascensor, que le esperaba, ahora lo empezaba a comprender, con cierta sonrisa irónica, ya verás tú la que te espera, y apretó el botón con el número cinco. Ya había perdido la cuenta de las veces que había repetido ese movimiento. Y aun no había salido de la planta nueve.  Sigue leyendo “Crisis en la inmobiliaria”

Perderlo todo

Fue al poco de levantarme el viernes, cuando estaba comenzando a hacerme el desayuno. Durante esos primeros minutos no había notado nada extraño, ni dolor, ni alguna sensación rara… nada. Pero de pronto oí un sonido seco, tenue, como de algo blando que golpeara el suelo. Miré al suelo, un poco detrás de mí, a la derecha. Mi primera reacción fue palparme ese mismo lado de la cabeza. No había lugar a dudas: efectivamente, acaba de caérseme una oreja.

Empecé a recordar entonces cómo, paulatinamente, había estado perdiendo partes del cuerpo durante las últimas semanas. No podría precisar cuándo me había dado cuenta de la primera pérdida, puesto que tampoco le había prestado especial atención. Serán cosas de la edad, recuerdo que pensé. Ya iré al médico un día de estos.  Sigue leyendo “Perderlo todo”

Elecciones

A los minutos les ha dado por acelerar y sin apenas darnos cuenta estamos escuchando la última canción del disco. Ha sido todo tan repentino que no logramos obtener ninguna conclusión clara sobre sus cualidades. Entre dos sorbos de ron con cocacola, me ha dado la sensación de que suenan un poco como aquella banda que iba a ser la mejor del mundo hace cinco años, dos meses y tres semanas. Mi compañera de castigo opina que una de las canciones le recuerda de manera sospechosa a la del anuncio del coche ese. Yo no lo tengo tan claro. Ni siquiera, a qué anuncio se refiere. Le digo a Julián que nos ponga otras dos y que le dé al play de nuevo. Total, sigue sin entrar gente en el bar. A ver cuándo arreglo mi equipo de música, medito durante unas décimas de segundo.  Sigue leyendo “Elecciones”

Al despertar

Sale de la casa casi en el mismo instante en que el sol comienza a asomar por encima del cerro de hormigón. Lleva la misma falda, la misma camiseta decorada con extravagantes dibujos, entre infantiles y pornográficos, las mismas botas, no las mismas medias (perdidas en combate), sí el mismo tanga, sí la misma prisa con que había entrado en el portal lúgubre y maloliente unas horas antes, cuando aun quedaban restos diluidos en su sangre del alcohol, las pastillas y demás sustancias ingeridas durante horas de tensa espera, al acecho de la mejor opción del día, en el bar de copas donde ella, sus amigas, sus amigos y el resto de rostros aferrados a cuerpos en estado de descomposición mecen sus carnes tensas, su sangre abreviada, al ritmo que dicta el DJ que esa noche se encarga de hacer temblar paredes y cristales por un módico precio.

Se ajusta la cinturilla de la falda, masculla un gemido de dolor: ahora se da cuenta de que los ¿arañazos? que surcan su muslo derecho (¿cómo coño me habré hecho esto?) además de escocer, se ven. Mucho. Acelera el paso y en poco más de media hora trepa a su pequeño apartamento. Allí le esperan ejércitos de platos por lavar, de vasos con restos de vino, de whisky; una algarabía de moscas (¡joder!, pero si aun no es verano. ¡Qué asco!) lame con precisión la salsa solidificada sobre la fuente que le regaló su abuela cuando decidió independizarse. Olfatea el aire. Abre la ventana. El sol la deslumbra. Se acerca al cuarto de baño. Se mira en el espejo. Llora.  Sigue leyendo “Al despertar”

Antropología

Cuando cae la tercera gota sobre su cabeza, decide mirar hacia arriba. Hoy no tenía pinta de día de lluvia. Es noche negra, ni luna ni estrellas, así que a lo mejor hay nubes camufladas en el cielo, ocultas entre las masas de contaminación. Mira el reloj. Silba unos segundos una conocida melodía hasta que cae en la cuenta de que es esa mierda de canción de los niñatos de turno. Anda que vaya tela lo que se me pega, es probable que piense, mientras sonríe al pensar en que nadie la ha escuchado, por suerte.

Contando con que ha llegado quince minutos antes de tiempo, llevaba ya cerca de media hora de espera. La experiencia le dice (un leve susurro en el oído izquierdo) que demorarse en esa esquina más de otros diez minutos podría convertirla en el blanco perfecto. Se ajusta los pantalones (caprichosos, de esos con tendencia a la rebelión: a poco que se despistase, podían llegar a colocarse con los botones delanteros casi sobre la cadera). Enciende un cigarro justo a tiempo de que le caiga encima del grabado de la marca la cuarta gota de la noche. No suele sucumbir ante las garras del pesimismo o la premonición malsana, pero una idea comienza a ocupar cada vez más espacio en su cerebro: esos pequeños detalles, unidos, tienen toda la pinta de convertirse en una gran putada.  Sigue leyendo “Antropología”

Conocer gente

Ella ya está sentada en el banco acordado cuando él dobla la esquina, con toda la prisa reflejada en el rostro. La chica, vestida con leggins negros, camiseta blanca con extraños dibujos serigrafiados, sandalias claras y algo en el pelo que él no logra ubicar en el listado mental de adornos femeninos, sonríe a pesar de todo. Aun así, él no logra relajarse por completo. Su sonrisa de respuesta, desplegada mientras se sienta al lado de ella, bien ha podido parecer una muesca de asco, reflexiona a la vez que se rasca el pelo por encima de la patilla derecha. Se miran durante unos segundos, sin percatarse del temblor de manos del otro. Un primer síntoma de cosas en común.

Con diligencia, pensando en reparar de alguna manera el tiempo que ella pueda haber estado esperando, el chico saca una libreta de tapas de cuero negro, pequeña, y un bolígrafo del bolsillo derecho de la chaqueta negra que lleva sobre una camiseta de la Velvet Underground. Ella vuelva a sonreír, mueve de modo apenas perceptible los hombros, como asintiendo, y coge a su vez un cuaderno de espiral, del mismo tamaño que el del muchacho, del bolso. Nuevo cruce de sonrisas. Él pasa un par de páginas y comienza a escribir.  Sigue leyendo “Conocer gente”