Autorretrato de Rodrigo Valero

Rodrigo Valero: “El CAF es una de las catedrales de la fotografía a nivel internacional”

Cuando vio que el confinamiento iba para largo, Rodrigo Valero puso en marcha la maquinaria creativa para no volverse loco. Ideó una especie de diario fotográfico, una serie de autorretratos en los que su autor se multiplica, desde una hasta 40 veces, a lo largo de otras tantas fotografías. El resultado, ‘Múltiplos del yo’, pudo verse a comienzos de año en el Centro Andaluz de la Fotografía.

Tu última exposición ha sido ‘Múltiplos del yo’. ¿Qué sensaciones querías transmitir con ella?

Cuando la realicé, no tenía en mente hacer una exposición con la serie. Comencé cuando llevábamos tres días de confinamiento, las noticias eran cada vez más deprimentes y me di cuenta de que no íbamos a estar así una semana o quince días, sino dos o tres meses confinados. Porque cada vez la cosa iba peor. Temía mucho por mis padres, que son mayores, y los llamaba mucho por teléfono. No podía ver a mi hijo, porque vivía con su madre. Estaba solo en casa, así que pensé que tenía que gestionarme el tiempo como fuese porque, si no, me iba a volver loco, todo el día tumbado. No quería hacer la típica serie de autorretratos o de fotos de objetos para mostrar la soledad, tenía que buscar un hilo conductor, una serie que tuviera sentido y que fuera también testimonio de lo que yo estaba viviendo en casa. Se me ocurrió pensar en la cuarentena, de ahí el número 40, que eran 40 días conmigo mismo, lo que te obliga a pensar, a una introspección y de alguna manera, a enriquecerte. Hay momentos de desasosiego, de conflictos interiores, de esperanza… Cuando uno convive consigo mismo, hay un enriquecimiento del ser humano. Tienes parcelas que están soterradas y hasta que no llegas a situaciones límite, no las descubres. Al final, mi serie es como un diario a través de la fotografía, en lugar de escrito. Y pensé en irme fotografiando, cada día con un número de ‘Rodrigos’, el día uno con un Rodrigo, el dos con dos, el quince con quince… y el 40 con 40 Rodrigos. Cada foto en un espacio diferente y mostrando una escena diferente. Y cada una expresa emociones inherentes al ser humano. Hago guiños a la soledad, a la esperanza, a los conflictos, a la solidaridad… Según iban avanzando los días, la complicación era mayor, no solamente por la composición, porque estaba solo, tenía que ser el director de escena, el actor, todo.

¿Las hiciste de forma consecutiva o ibas saltando los días?

Efectivamente, no fueron consecutivos, a lo mejor del día 7 pasé al día 14, porque me apetecía en ese momento. Dependía del estado de ánimo. Si no, habría sido demasiado rutinario y me habría quemado. Tenía esa necesidad de pegar saltitos.

Y entiendo que, al ir sumando Rodrigos, hubo un momento en que las fotos no se podían hacer en un día.

Sí, a partir del día 12 o 13, ya eran varios días de edición, porque soy muy metódico. Además, quería darles ese matiz historicista, que recuerda en muchos casos a la pintura barroca, con los claroscuros. Y eso conlleva muchas complicaciones para encajar todas las figuras. Algunas tienen sombras naturales propias, y luego otra arrojada. Todos esos elementos hay que hacerlos bien para que sea creíble. Y al margen, hay que sumar que no son elementos figurativos aislados unos de otros, están conectados, hay hilos conductores, conversan entre ellos, se tocan unos a otros. Esto conlleva también un trabajo extra de composición. Curiosamente, no hice un solo boceto, tenía la cosa muy clara mentalmente. Luego iba improvisando un poco, pero sabía por dónde iban los tiros. De hecho, a partir de cierto número de personajes, tenía que poner un papelito en el suelo, ver la distancia a la que tenía que estar un cuerpo respecto al otro, pensar en la postura que tenía el personaje anterior para que el siguiente tuviera relación. Una complicación tremenda.

Y hay quien dirá que eso cualquiera lo hace con Photoshop…

Claro, pero no, eso es mentira. Es una herramienta, como tener unos pinceles y una buena pintura, pero tú tienes que pintar. No hay un botón al que das y te lo encuadra todo, yo tuve que ir uno por uno. Con algunas fotos me tiré una semana y media y durmiendo muy poco cada día. Si yo no fuese un poco obsesivo, jamás habría hecho esta serie. Uno puede tener muchas cualidades, pero si no las trabaja, no va a ninguna parte. Como decía Picasso, que la inspiración te pille trabajando. Y al margen del trabajo, está la originalidad, esta es una obra que no se ha hecho nunca. Estoy muy satisfecho de verla físicamente expuesta en el CAF, una de las catedrales de la fotografía a nivel internacional. Tener el privilegio de verla allí, y encima en mi tierra, es un gran reconocimiento. Y luego está el libro, que es exquisito.

¿Qué aporta  el libro a la exposición?

He tenido la suerte de que en el libro escribe un texto Eugenio Recuenco, hoy por hoy probablemente el fotógrafo más internacional que tenemos, trabaja para Huawei y un montón de empresas importantes, es muy reconocido. Hace unos tres años me invitaron a las Jornadas Fotográficas de Gijón a dar una ponencia sobre mis retratos y allí lo conocí. Así que aproveché para decirle que tenía una serie y él pensaba que eran retratos. Cuando la vio, me dijo que era brutal, una locura, una maravilla, y me hizo un texto muy generoso. También hay un texto de Esther Maestre, que es la directora de los encuentros de Gijón y comisaria, ha llevado a Castro Prieto, a Chema Madoz. Y este año ha elegido a cuatro autores y uno soy yo, que para mí es una suerte tremenda. Y hay textos de dos grandes escritores, Juan Manuel Gil, que ganó el año pasado el Premio Biblioteca Breve, y Fernando Martínez, que ha sido Premio de la Crítica de Andalucía. Son cuatro textos salvajes. Y a cada fotografía le he añadido un pensamiento, de filósofos o poetas, que refuerzan la fotografía.

Tus retratos son muy reconocibles. ¿Por qué ese estilo de luces y sombras tan marcadas?

Estoy en un periodo en el que me interesa más el individuo que el contexto donde se encuentra. A ver, el contexto es importante, pero a mí me despistaba y yo quería darle énfasis al personaje en sí. No quiero una pose, sino al personaje de verdad. Por eso, si puede ser, estoy un rato hablando con él, lo observo, lo analizo. Retratar la parte interior de una persona es una especie de duelo, hay que intentar que se relaje, que deje de posar con posturas estereotipadas. Intento siempre dignificar al retratado, no quiero buscarle fallos. Y hay un momento en que se abre el alma y ahí es cuando digo “este eres tú”. Empatizar es fundamental para que uno se muestre tal como es. En Gijón, le hice un retrato a Cristina García Rodero que le encantó. Para mí, ella es una de las más grandes, si no la más, y me decía que a ella le cuesta mucho retratar a las personas. En el libro ‘Introspecciones’ hay de todo, prostitutas, políticos, cantantes, sacerdotes, profesores, mecánicos, y para mí son todos iguales frente a la cámara.

Entonces no me destacarás a ninguno…

Bueno, para mí el personaje más importante que he retratado, que estuve con él 24 horas, es Pepe Mujica, que fue presidente de Uruguay. Es un trabajo que tengo preparado, casi terminado, con idea de sacar algún día un buen libro sobre él. Estar con él me encantó, es la coherencia. Estábamos en Venecia y lo metí en una iglesia. Yo venía de una época muy mala, una separación y un accidente que me tuvo 16 meses de baja. Me vio que todavía cojeaba y me dijo “si yo te contara”, y yo le dije “no hace falta que me cuentes, ya sé la historia”. Entonces me dice, “Rodrigo, piensa que la naturaleza nos puso dos ojos delante para mirar siempre de frente. ¿Qué ganaría yo pensando en mis carceleros? Entonces no estaría aquí disfrutando de vos”. Me encantó. Me interesan siempre los personajes con historias. Que todos tenemos nuestra mochila y todas las historias son interesantes, ojo, no porque uno salga en televisión lo es más.

¿A quién te gustaría retratar?

Había contactos serios para haber hecho un retrato al Papa, que me parece un personaje interesante, lo veo reformador, que reconoce los errores de la Iglesia. Me parecía muy interesante conocerlo. El problema es que me pilló la época del accidente y luego la pandemia y ha sido imposible. Pero ahí está la posibilidad todavía.

Has vuelto a la escultura en los últimos tiempos. ¿Qué es para ti la escultura y qué la fotografía? ¿Cómo se complementan?

Es complicado… En mi exposición hay una videocreación con mi música. Porque paralelamente a la serie fotográfica, estuve componiendo música al piano, casi 60 temas. Uno debe hacer lo que le apetece. Si en un momento dado me apetece la escultura, pues hago escultura. Y si me apetece fotografía, hago fotografía. Y si me apetece componer, cojo mi piano y compongo. El arte es una necesidad, lo que más nos acerca al Creador, seas o no creyente, porque creas algo de la nada, algo que a ti te satisface y a mucha gente también, cuando lo ve o lo oye. Pero evidentemente, lo que puede transmitir una fotografía no es lo mismo que lo que puede transmitir una escultura, afecta a otros aspectos de los sentidos. Igual que la música. La música no se puede oler. Muchas veces, haces una obra y a quien la ve se le despiertan ciertos recuerdos, la identifica con experiencias personales. Cuando ves una obra, puedes tener o no conocimientos de la Historia del Arte, pero habrás tenido experiencias que de cierta manera te habrán transmitido sensaciones positivas, agradables. Y cuando una obra te recuerda esas experiencias, te gusta, te atrapa. También te atrapa la novedad, ver algo nuevo que te deja descolocado. Vivimos con muchas rutinas y cuando vemos algo divergente, nos seduce. ‘Múltiplos del yo’ es muy novedosa, pero también nos recuerda otras experiencias. Cuando ves el día 13, automáticamente sabes que es la última cena. La obra tiene un gran trasfondo metafórico y simbólico, hay muchos elementos que están ahí, subliminales.

¿Es Almería tierra de fotógrafos?

Sí, hemos tenido la suerte de tener una luz envidiable, y la fotografía es luz. Y oscuridad también, por supuesto, pero la luz es fundamental, sin luz no hay fotografía. Y hemos tenido la suerte también de tener unos referentes importantísimos, como Manuel Falces, sin el que no tendríamos el Centro Andaluz de la Fotografía, aparte de ser un gran divulgador y un gran fotógrafo. O a Jorge Rueda, un gran desconocido para los almerienses y un gran incomprendido, pero un gran fotógrafo también. Y Carlos Pérez Siquier, que se nos fue hace poco y al que siempre he considerado un maravilloso fotógrafo y un gran amigo. Fue dura su pérdida. Era muy generoso, iba a todas las exposiciones, fuese quien fuese, a apoyar. Eso dice mucho de él. Iba a todo porque le interesaba mucho la cultura de Almería. Siempre lo llevaré en el corazón. Y curiosamente, toda su obra la hizo en Almería.

(Entrevista publicada en el número de julio de 2022 de la revista Foco Sur).

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