Desbandá de Málaga llegando a Almería. Foto del libro 'La guerra bajo mis ojos. Los cuatro exilios de Ana Pomares', de Fran Martín y Sonia Cervantes.

Los horrores de la guerra en los ojos de una niña

Los historiadores Fran Martín y Sonia Cervantes publican ‘La guerra en mis ojos’, la historia de los cuatro exilios de Ana Pomares, superviviente de la Desbandá de Málaga cuya familia era de Almería.

La historia de Ana Pomares Ruiz no es una más de las tantas que se han contado sobre la Guerra Civil. Es la historia de los no combatientes, de las familias repletas de niños que vieron su vida truncada y sometida al terror de la bombas con el inicio de la sublevación franquista. Una historia de huida constante y superación de problemas según se van presentando. Y es una historia de primera mano, que ella misma cuenta a los historiadores Fran Martín y Sonia Cervantes, que recopilan episodios, investigan documentación, consultan otras investigaciones y, con todo el material, van tejiendo esta historia de la niña que vivió la Desbandá de Málaga, se alojó en una cueva de La Chanca, viajó a Orán antes de la emigración masiva a Argelia, regresó a la guerra, a una Barcelona asediada por la bombas, pasó por Valencia, donde cada día bajaba al refugio del colegio, y regresó a Almería, de donde era originaria su familia, para vivir los últimos días de la guerra. El resultado es ‘La guerra en mis ojos. Los cuatro exilios de Ana’, libro del que Paul Preston destaca que “estos testimonios ilustran de forma inolvidable el horror de la guerra, el hambre, la crueldad”.

Ana Pomares Ruiz era la hija menor del matrimonio formado por Juan Pomares Sánchez y María Ruiz Mira, oriundos del Cabo de Gata. Casados en el Pozo de los Frailes, era el segundo enlace de Juan, viudo en el parto de su tercera hija, un año antes de casarse con María en 1921. Juan y María se marchan a Málaga, donde él llevaba años residiendo, dedicado al mar; primero como fogonero en los primeros barcos de vapor de la Transmediterránea, luego como pescador. Tienen tres hijas; la mayor muere a los pocos meses de meningitis y quedan Remedios y Ana, la menor.

Ana nace en 1928 en el barrio de la Malagueta, muy cerca del mar. Va al colegio de monjas de La Milagrosa, que estaba muy cerca de la plaza de toros de la Malagueta, y tiene una infancia feliz, dentro de las limitaciones, “en una corrala de vecinos donde ella sitúa, con una memoria portentosa, a todos los que vivían allí, y la forma en que vivían”, cuenta Fran Martín, que añade que Ana “recuerda a una vecina entrañable, que era camarera del hotel Miramar, y la llevaba todos los domingos a misa a la Catedral de Málaga”. 

Ana Pomares, sentada, con su hermana Remedios.

La familia lleva una vida normal hasta el estallido de la sublevación militar de 1936. España y Andalucía se fragmentan en dos mitades, y Málaga queda del lado republicano. Al ser un puerto estratégico importantísimo, Queipo de Llano da la orden de que comience el cerco de Málaga, donde van llegando refugiados que vienen de otras provincias de Andalucía, como Huelva, huyendo de las atrocidades de los regulares. El 22 de agosto del 36 se había producido el primer bombardeo sobre la ciudad, a los depósitos de Campsa, y desde entonces caen bombas casi cada día. El pánico se va apoderando de la población y también de los Pomares. 

Desde el comienzo de la guerra, el pequeño barco de Juan Pomares es incautado por los comités revolucionarios, que le encargan la tarea de traer víveres desde Gibraltar a Málaga. Cuando empiezan los bombardeos, le dicen que los lleve a Marbella, y los milicianos van por carretera en camiones a recogerlos. Cuando él ve que va a tener que estar diariamente de Marbella a Gibraltar, se lleva a la familia allí. Están un par de semanas hasta que le quitan el barco en Gibraltar. Tiene que regresar andando y cuando llega a Marbella, se vuelven a Málaga. Pero Málaga está siendo bombardeada, y el objetivo es sacarlos de allí. 

Primer exilio: Almería

Gracias a la amistad con un conocido, se van a la Axarquía, a Colmenar, donde en una casa de campo malviven dos o tres familias de malagueños. El padre pasa todo el día en Málaga pescando y va viendo en las noticias que los franquistas están cada vez más cerca y comienza a pensar en abandonar la ciudad. Busca un vehículo que los pueda llevar por la única salida posible, que es la carretera de Almería. Y el 7 de febrero, el día que Ana cumple 9 años, consiguen subirse a un Ford A de los años 20, negro, que era del dueño de la casa de Colmenar. En el coche viajan dos familias atestadas. Desde Colmenar bajan a Vélez, donde se unen al desfile de personas que buscan la libertad y la supervivencia, la Desbandá. 

“El viaje dura tres o cuatro días, no lo recuerda bien, y entre el 10 y el 11 de febrero llegan a Almería. Fue en la carretera antigua, de curvas, donde van entre 150.000 y 300.000 personas andando como pueden, con carros, mulos, con personas que se les tiran al coche para que los lleven, cansados, exhaustos, sin agua ni comida, con los pies ulcerados”, describe el historiador, que además recuerda que todo el trayecto se realiza bajo “bombardeos aéreos, marítimos y terrestres, la columna del general Mancini italiana los persigue por tierra, la aviación italiana y alemana los bombardea con los Saboya S79 en vuelos rasantes, ametrallando la carretera, hay bombardeos de los cruceros Baleares, Canarias y Almirante Cervera que provocan que los acantilados de la costa malagueña desprendan grandes lascas y rocas”. Ana aun recuerda, dice Fran Martín, cómo su madre se tiene que bajar en ocasiones del coche, “haciendo un esfuerzo sobrehumano, para ir quitando rocas”. Ni siquiera eran conscientes de tener hambre por culpa del pánico. “Estaba viviendo en el infierno más grande de la Guerra Civil”, asegura Martín. Así que, como pueden, pasan a zona republicana y acaban llegando a Almería. 

Ana conoce por primera vez a sus abuelos maternos, que viven en las Mellizas, en La Chanca, y a sus primos. La abuela ha comprado una cueva en el Cerrillo del Hambre, en la que recluyen a los niños durante los bombardeos aéreos que sufre la ciudad. Y es que nada más llegar, el día 12, “la aviación franquista bombardea Almería, con 50 víctimas mortales y más de cien heridos”. Mientras, Juan Pomares va al Puerto a ver qué puede encontrar con su experiencia, y comienza a trabajar con Luis Cazorla, dueño de una traiña de pesca. Pero el problema es que no paran los bombardeos. “En algo más de dos meses, hasta finales de abril del 37, Almería sufre cuatro bombardeos aéreos, con víctimas mortales en algunos de ellos”, cuenta el historiador. 

“En Almería, recuerdo cuando tocaba la sirena, y subir para la cueva que tenía mi abuela”, cuenta Ana Pomares a Foco Sur. “¡Cómo corríamos aquellas cuestas para escondernos en las cuevas!”, rememora, y reconoce que “cuando era niña, con las bombas, una no veía el peligro como los mayores, pero al final lo pasa una malamente, porque vive asustada”. Con la intención de huir de los bombardeos, el padre decide que la familia se traslade a Orán, en Argelia.

Segundo exilio: Orán

El viaje dura un día y lo realizan, en una traiña de pesca,13 personas, tres matrimonios y siete niños. Los niños, en la bodega, porque pasaban barcos de guerra cerca y estaban asustados. Cuando llegan al puerto de Orán, que era colonia de Francia, las autoridades, encabezadas por el abate Lambert, les niegan la entrada. “Están esperando, sin víveres ni nada, y los estibadores del puerto les llevan bocadillos a los niños”, explica Martín, hasta que finalmente, estos estibadores “se ponen en huelga, porque hay niños pasando hambre. Así que al final las autoridades ceden y dejan que tomen tierra africana en Argelia”. 

En el nuevo país, la vida es complicada porque es una tierra extraña para ellos. Además, no eran bien recibidos porque “pensaban que eran refugiados españoles que podían contagiar de ideas republicanas a Orán”, relata el historiador, que explica que durante su investigación localizó “un documento del ‘ABC’, de septiembre del 37, donde el alcalde del Oranesado, el abate Lambert, es recibido en loor de multitudes por Franco en Sevilla, y él reconoce a la España de Franco”.

La familia permanece en Argelia durante el resto del año 1937, ” malviven allí como pueden”. El padre pesca con la traiña, pero el precio del pescado no es el mismo que en España y lo tiene que malvender. No hay posibilidades de progreso, siempre están pasando penurias, la comida es escasa y de mala calidad, además tienen mucho miedo los padres con las niñas pequeñas, Remedios y Ana, “no las dejan salir de casa y no son escolarizadas”. Hasta que en diciembre del 37 Juan se reencuentra con un compañero fogonero, con el que había trabajado en la Transmediterránea 20 años antes y con el que, entonces, tenía una gran amistad. Cuando le cuenta las condiciones en que estaban y que estaba pensando en volver a España, el amigo le ofrece su vivienda en el barrio de la Barceloneta. Y así empieza el tercer exilio, que lleva a la familia Pomares de Orán a Barcelona.

Tercer exilio: Barcelona

En esta ocasión viajan en un vapor francés, el El Mansour, de la Compañía Mixta Francesa. Tras 22 horas de travesía, llegan a un puerto francés, Port-Vendres, en el Rosellón, un puerto pequeño, marinero, “que ya estaba atestado de refugiados españoles en enero del 38, cuando llegan”, cuenta Martín. Desde allí, cogen un tren que les lleva a Portbou, en Girona. Ahí, la intención era coger el tren a Barcelona, pero no es posible porque “esa línea entre Portbou y Barcelona fue la segunda más bombardeada durante la Guerra Civil, tras la línea férrea Madrid-Barcelona, y estaba inoperativa”. Así que acaban subiendo a un autobús de línea que les lleva hasta Barcelona. 

La situación que no esperaban es que Barcelona, desde octubre del 37, es capital de la República y en enero ya está siendo la ciudad más bombardeada de la Guerra Civil. Y el puerto, donde está la Barceloneta, es una de las zonas más castigadas. “Hay un bombardeo atroz de la Escuela del Mar, en la Barceloneta, donde solo quedan las columnas de hormigón en pie, lo demás son escombros, no queda nada”, relata el historiador. Aun así, el padre intenta como puede volver a pescar, pero en dos semanas solo puede trabajar un día. 

“Lo que viven allí son dos semanas de infierno total, porque todos los días hay bombardeos”, explica Martín, “viven en un tercer piso, y Ana recuerda cómo bajan las escaleras despavoridos, buscando las bocas del Metro, que son los refugios improvisados que tiene Barcelona”. Y es que todos los días hay bombardeos planificados por la aviación italiana. Así que la familia se pone de nuevo en marcha, destino a su cuarto exilio, en: Valencia.

Cuarto exilio: Valencia

Viajan en tren desde Barcelona a Valencia, que es posible aunque se tarda mucho. En esos meses, recuerdan a Francisco, el hermanastro de Ana, del que no tienen noticias desde que salieron de Málaga. “Había sido encarcelado y reconvertido en soldado de Franco, y ellos no sabían que estaba luchando en Teruel con el ejército franquista mientras ellos estaban en Barcelona como refugiados”, cuenta Fran Martín. Cuando llegan a Valencia, se alojan en unas viviendas cerca de las Torres de Quart. 

Ana Pomares recuerda que asistía a un colegio cerca de esas torres, así que “investigando los colegios de la época, con la pista de que era un colegio urbano en el que había unos mil niños y que tenía un refugio para niños debajo, encuentro investigaciones que habían documentado el refugio del colegio Balmes, que está situado donde ella decía, cerca de las Torres de Quart, y pudimos contrastar que Ana estuvo en ese colegio entre enero y junio del 38”, confirma el historiador. 

La niña asiste al colegio pero no va a haber un día que no baje al refugio, que tenía una rampa de acceso para evitar avalanchas. “Ella recuerda cómo su maestra les decía “de uno en uno”. Todos los días que había colegio se evacuaba, sonaban las sirenas, para Ana era como el pan de cada día. La situación de miedo, caos y desesperación era una constante a sus 10 años”, cuenta Martín. Así van a estar hasta que termina el curso escolar en 1938. El padre ve que cada vez atacan más fuerte Valencia, con más muertos y decide salir, en otro microexilio, al norte de Valencia, a Massarrojos. 

Juan se había buscado la vida en Sagunto y muchas veces bombardean muy cerca del barco donde está pescando. Esto provoca una incertidumbre en la familia, cada día esperando a que llegue el padre con vida y con la pesca, para salir adelante. Así que “el salvador de la familia Pomares, al que Ana tiene como gran ejemplo de superación y de vida”, toma una última decisión y se vuelven a Almería, a la misma cueva donde se alojaron a llegar por la carretera de Málaga. “Allí es donde Ana dice adiós a la guerra el 1 de abril de 1939”, cuenta Fran Martín, “en una cueva, sin nada, con toda la miseria, habiendo dejado su casa, su infancia, su colegio y sus pertenencias en su Málaga natal”. Y comienza una nueva vida que, 75 años después, la llevó de nuevo a nuestra provincia y acabó con su increíble viaje de supervivencia narrado en las páginas del libro ‘La guerra en mis ojos’.

El libro, además, se completa con cuatro epílogos a cargo de prestigiosos historiadores: Julián Casanova, Encarnación Barranquero, Eusebio Rodríguez Padilla y Mirta Núñez. Asimismo, Paul Preston ha escrito una mención a la obra que se recoge en la contraportada del libro. Son cinco aportaciones que dan aun más relevancia al libro, y se suman a los 20 testimonios orales que incluye, además del de la propia protagonista de la historia. Una protagonista, Ana, que explica que ha querido que se hiciera este libro, que ya ha leído y le ha gustado, cuando se lo propuso Fran Martín, “para que no se olvide. No es una cosa, al cabo de tantos años, de odio ni nada, pero por lo menos que se sepa lo que pasó”. 

Fran Martín, historiador: “El de Ana es un ejemplo palpable de cómo la población no combatiente afrontó las vicisitudes en la Guerra Civil”

Ana Pomares. Foto de Fran Martín y Sonia Cervantes.

¿Cómo conoces la historia de Ana Pomares?

En 2015, el IV Encuentro de Testimonios estaba dedicado a la Guerra Civil en Andalucía Oriental. Habíamos organizado cuatro jornadas, en viernes, y en cada viernes analizábamos lo que había ocurrido en la guerra en cada provincia. Yo no conocía a Ana Pomares, que era una octogenaria que vivía en Algeciras y que, como dominaba las redes sociales, se había enterado, gracias a un sobrino-nieto que trabajaba conmigo y que compartió el Encuentro en Facebook, de que había unas jornadas sobre la Guerra Civil en Andalucía Oriental. Y ni corta ni perezosa coge un autobús, con 87 años y una prótesis en cada rodilla, y viaja ella sola, durante siete horas de autobús por toda la costa. Se infiltra entre el público y está expectante, escuchando la conferencia, y cuando termina levanta la mano y dice “yo iba en aquella carretera de la muerte”. A partir de ahí nació una amistad más allá del testimonio de la guerra. Ella estuvo también en la última jornada del Encuentro, protagonizó una mesa redonda con otros intelectuales, la improvisamos para darle voz. Visitó con nosotros los refugios. Poco a poco surgió esa amistad. 

¿Y cómo nace la idea de escribir su biografía?

Yo seguí con el proyecto de la Guerra Civil, y en el séptimo viene a Roquetas de Mar, porque estaba dedicado a los niños de la guerra y ella era una niña de la guerra. Viene a contar su historia y después de las jornadas surge la posibilidad de iniciar una investigación a fondo para reconstruir su biografía. En el verano de 2018 voy allí, disfruto de unos días con ella en Cádiz, y la entrevisto. De ahí salen detalles para intentar reconstruir todo lo que supuso su infancia. Mi objetivo no era solo contar la historia de Ana en la guerra, sino contar la historia de su familia antes, durante y después de la guerra. Fui poco a poco investigando y reconstruyendo ese gran puzle que suponía poner en contexto y en espacio todas esas vivencias que ella tenía, contrastándolas con más documentación, de prensa de la época, otros testimonios que estaban en el mismo espacio-tiempo de Ana. Quedó un poco aparcado en las navidades pasadas, hasta que apareció Sonia Cervantes. Cuando ella se unió al proyecto, le hizo nuevas entrevistas a Ana y, para mi sorpresa, le decía cosas que a mí no me había contado. Lo que le ocurre a Ana, que ya tiene 92 años, es que con el tiempo va recordando más; cada vez que hablas con ella hay un detalle nuevo, le van llegando flashes del pasado. 

¿Por qué destaca la historia de Ana entre tantas de la Guerra Civil?

El de Ana es un ejemplo claro, palpable, de cómo la población no combatiente afrontó las vicisitudes en la Guerra Civil. Ana no tomaba las decisiones, era su padre, pero ella sufría todas esas decisiones. Era una huida constante, un ejemplo de cómo se adaptan ante lo inesperado. El padre no tuvo nunca una significación política, ni de izquierdas ni de derechas, era una persona humilde que quería sacar adelante a su familia, y que acabó pasando todos estos dramas, esos momentos tan trágicos, de tanto pavor e incertidumbre, gracias a la fortuna de sus decisiones en todo momento y al azar, que hizo que se librase de los bombardeos brutales. Ana recuerda cómo cuando entraban al Metro en Barcelona veía los edificios de la época y cuando salen, unas horas después, no quedan nada más que escombros, humaredas y la Cruz Roja buscando heridos. Eso, para la retina de una niña, ha quedado grabado de tal manera que le hizo viajar a Huércal de Almería para contar lo que vieron sus ojos. De ahí que Sonia Cervantes eligiera el título ‘La guerra en mis ojos’.

(Reportaje publicado en el número de marzo de 2020 de la revista Foco Sur).

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