Guardianes de la biodiversidad. Foto de mrjohncummings,-CC-BY-SA-2 (1).0- Wikimedia.

Guardianes de la biodiversidad

Cambio climático, catástrofes naturales, guerras y, por supuesto, la acción del hombre son algunos de los principales riesgos para la biodiversidad, para mantener la variedad de especies vegetales, de cultivo o silvestres, propias de una zona concreta. Desde hace décadas, los pioneros que vieron venir la pérdida irreparable que supondría la desaparición de especies para los lugares donde crecen, o que previeron la amenaza que asimismo supondría para las economías del mundo, trabajan para crear bancos de semillas y especies que garanticen que haya dónde encontrarlas en caso de que dejen de cultivarse en sus áreas naturales, o que desaparezcan del hábitat al que habían pertenecido desde hacía siglos.

La más famosa es la Cámara Global de Semillas de Svalbard, conocida también como Banco Mundial de Semillas, que guarda cerca de un millón de muestras en una isla helada de Noruega. También son relevantes otras como el Banco de Semillas del Milenio, en Reino Unido, que guarda una amplia colección de especies silvestres; o el Banco Genético de Granos en Australia. En España, uno de los principales es el Banco de Germoplasma Vegetal Andaluz, creado en 1987 por la Consejería de Medio Ambiente, el Ayuntamiento de Córdoba y la Universidad de esta ciudad, considerado uno de los referentes a nivel internacional.

En la Universidad de Almería, existe también un Banco de Germoplasma, que ha trabajado con el andaluz para identificar especies tradicionales de hortalizas y que participa ahora en investigaciones para mejorar la resistencia de las plantas a virus, estrés hídrico o frío, entre otras agresiones.

Son proyectos surgidos por la colaboración de entidades académicas, públicas y privadas, y las administraciones públicas. Pero en Almería, uno de los proyectos más relevantes y que ha conseguido ya recuperar cerca de 150 especies tradicionales autóctonas es el llamado Biodiversidad Domesticada, producto del esfuerzo y empeño de Antonio Rubio Casanova por no dejar que se pierda el conocimiento adquirido a lo largo de los siglos para el cultivo de especies; el saber acumulado por generaciones y generaciones de agricultores que, aun hoy, mantienen una forma de agricultura muy alejada de la de los modernos invernaderos.

Antonio Rubio comenzó recuperando parrales, creando poco a poco una colección de uvas tradicionales de la provincia de Almería, de esas que solo se pueden comprar o comer si uno se acerca al pueblo donde se cultivan, porque no llegan a los mercados. Cada vez menos gente se dedicaba a ellas; los que las mantienen, van sumando décadas de trabajar la tierra y sus descendientes han optado por otras profesiones. Así, los frutales y hortalizas que siempre se habían cultivado en las vegas almerienses iban desapareciendo, al no haber nadie interesado en plantarlas, y, además, porque se iba perdiendo ese conocimiento acumulado por el que el agricultor tradicional sabía en qué terreno plantar cada semilla, con qué abonarla o cómo podar el árbol; sin esto, las cosechas tampoco salen adelante.

Memoria histórica de la agricultura

«Los agricultores conservan in situ el aprendizaje que han obtenido a lo largo de su vida, conservan la memoria histórica de la agricultura tradicional, conservan sus olivos viejos, los manzanos nanos, las matas de panizo, sus semillas de garbanzos, los melones, las berenjenas, sus pepinos, sus tomates y sus pimientos», explica Antonio Rubio, impulsor del proyecto. Y añade: «Ellos seleccionan sus semillas, no compran semillas ni plantas que vengan de semilleros, porque entre otras cosas no tienen la resistencia al aire libre que tienen bajo plástico. Tienen una selección importante de sus plantas porque saben que están adaptadas al terreno, al clima, a poca agua, etc».

El auge de la agricultura bajo plástico amenazaba con borrar para siempre de las vegas almerienses esta agricultura tradicional; por eso, Rubio comenzó a buscar, en los pueblos donde se cultivaban, a los supervivientes de esta manera de entender la agricultura: a los propios agricultores pero también sus plantas y árboles. Principalmente, las parras que siglos atrás habían sido el motor de la economía de la provincia. Pero poco a poco, fue sumando especies a su particular arca de Noé vegetal.

Este ingeniero técnico agrícola cuenta un ejemplo para ilustrar cómo la modernidad amenazaba a la tradición: cuando se entubaron las acequias que hasta entonces, por kilómetros, habían trenzado las zonas de cultivo de la provincia, repletas de frutales a sus orillas. Al entubarlas, «los árboles frutales que estaban puestos a lo largo de esos kilómetros de acequias se pierden, porque no reciben el agua que habían recibido durante siglos, y con eso se pierde un número importante de biodiversidad». Son frutales que aguantaban con la humedad que se transmitía desde las acequias, como «los membrillos, los granados, los perales, ciruelos mayeros, breveras». Porque, como recuerda Antonio Rubio, «los árboles tradicionales no están acostumbrados al riego por goteo, tienen unas necesidades superiores a las que ofrece el goteo». Sin el agua que necesitan, mueren. Y cuando sobreviven, quedan muy deteriorados.

Para localizar las especies tradicionales, Antonio Rubio se recorre la provincia, preguntando a los agricultores o pastores con los que se cruza por un viejo albaricoquero muy antiguo; o por una higuera que lleva allí de toda la vida y da unas brevas enormes. Es una estrategia para ganarse la confianza y que acaben contándole lo que hay. En lugar de albaricoquero, le dicen que hay, por ejemplo, un ciruelo. O unos membrillos muy particulares, que solo se dan en ese pueblo. «Así descubrí el melón pepino, que me quedé helado», revela. «Iba buscando la uva de roca en Ohanes y preguntando me dice uno “yo no tengo la uva de roca, pero tengo el melón pepino”. Me llevó al bancal y me explicó qué era aquello». Y aquello es uno de los descubrimientos rescatados por Antonio Rubio, un melón que se desprende solo de la mata cuando ya está maduro y se puede comer; y nunca antes.

Cerca de 150 especies recuperadas

En estos años «he recuperado el manzano nano, una variedad tradicional que viene del tiempo de los árabes, el ciruelo mayero, el albaricoquero de hueso dulce, el albaricoquero de tapa la hoja. En cítricos tenemos el limón dulce, la mandarina Wilkins, la naranja grano de hora. También 34 variedades de almendras distintas, membrillos de los de olor, de los antiguos. Luego tenemos 72 variedades de uva, seis clases de higueras, nueve clases de perales distintas», recita Antonio, que aunque es el único impulsor del proyecto, tiene claro que en él «trabajan 200 personas repartidas por la provincia, que son los que tienen el conocimiento y los que guardan la biodiversidad, los que han sabido guardar los secretos y el conocimiento de esos cultivos. Yo les doy un premio cada año, al más viejo, al que me ha enseñado una cosa nueva, al que tiene una variedad extraordinaria, y ellos las mantienen hasta que desaparecen».

Y es que a pesar de tanto esfuerzo y de que los agricultores ya le llaman, porque saben la labor que está llevando a cabo, cuando se van a retirar para ofrecerle ramas de sus árboles o semillas de sus hortalizas, hay especies que se acaban perdiendo. Así ha sucedido ya con seis variedades de trigo. «Ahora se siembran otras variedades más cortas, híbridas, pero las tradicionales se han perdido, no porque no produjeran, sino porque les han metido en la cabeza que es mejor sembrar otras variedades». Y de ahí, remata, la mala calidad del pan que habitualmente se ofrece en las panaderías y supermercados de la provincia.

Como no tienen espacio donde cultivar las semillas «ni nadie que subvencione una reserva biogenética», lo que hacen es dar incentivos, premios y ayudar como pueden para que el agricultor mantenga ‘in situ’ esa variedad en concreto. Cuando llega el momento, cogen ramas para multiplicar la planta, repartiéndolas por la misma zona «para que no pierdan sus condiciones climáticas y ambientales». El resto lo reparten entre quienes lo piden en otras vegas de Almería. Hasta la fecha, ha repartido 15.000 parras de las 72 variedades, sobre todo las menos cultivadas. Asimismo, en frutales, «este año hemos rescatado el limón dulce, la mandarina Wilkins y la naranja de lima». Las han llevado a un vivero especializado para sacar 100 plantas de cada una y repartirla sobre todo en el valle del Andarax. También, seis variedades de maíz, gracias a  que le llamó a Antonio Rubio el agricultor que las cultivaba, con 90 años, para que se las llevara y no se perdieran. Son «variedades antiquísimas, maíz negro, maíz rojo, maíz rosetero, maíz lengua de vaca, maíz de hacer las migas…», relata el impulsor de Biodiversidad Domesticada.

A lo largo de los años, también recuperaron especies como el garaguijo, conocido también como «habichuela de a metro, porque mide más de un metro de largo», de una mujer que los tenía de más de 90 años en Los Santos, un poblado de la sierra de los Filabres. Se caracteriza porque una vez sembrada, cuando se corta la habichuela vuelve a brotar una y otra vez. Además, su cultivo va asociado al del maíz, se plantan juntos porque el garaguijo proporciona nitrógeno al maíz, este crece y el garaguijo se entutora en la planta del maíz. En su día repartieron muchas semillas, se ha establecido por toda la provincia y ya incluso se comercializa en las cooperativas y en los mercados.

«La sociedad actual no valora ese conocimiento» de los agricultores tradicionales, se lamenta Antonio Rubio, que cuenta cómo «un agricultor tradicional, sin ser biólogo, sabe de la evolución de las plantas; sin ser genetista, sabe de genética de plantas, cuál tiene que plantar aquí y cuál en otro lugar; sin ser químico, sabe en qué tipo de suelo tiene que plantar cada semilla; sin ser fisiólogo vegetal, sabe podar cada uno de los árboles que hay, que no es lo mismo la poda para una higuera, que para un almendro o un manzano». Y, detalla, un agricultor tradicional sabía de 30 o 40 cultivos mientras que los actuales se dedican a uno, o si acaso rotan con dos o tres.

El ADN de las uvas almerienses

La estrella de proyecto, en cualquier caso, es la uva, que suma cerca de la mitad de las especies recuperadas para Biodiversidad Domesticada. Entre ellas, están las dos últimas uvas encontradas, la sora y la quina, que «seguro que son variedades moriscas». Y «en sierra Cabrera hemos encontrado una uva rarísima que la llaman uva parda y en Sorbas, la uva cascabelera», recita Rubio. En Dalías, la uva teta de negra. Y la ranzul en Abrucena, que se llama así posiblemente porque eran las uvas que comía el profeta Mahoma, que es de donde viene, en árabe, el nombre ‘ranzul’. Otra variedad antiquísima es la uva de Corinto, sin hueso, de las que se hacen las pasas de Corinto, que, como destaca Antonio Rubio, «están en Almería desde siempre y no están modificadas genéticamente».

Todas las variedades se exhiben al público cada septiembre, en la Muestra de Variedades Históricas de Uvas de Mesa de la Provincia, de la que este año se celebrará la 15ª edición. En el acto, se rinde además homenaje a los parraleros tradicionales de la provincia. Es la manera que tiene Rubio de, con sus medios, incentivar que se mantengan estos cultivos ‘in situ’.

Ahora, el proyecto va a obtener un importante impulso, gracias a la labor filantrópica de Francisco Alejo, empresario almeriense al frente de Biosol Portocarrero, que está financiando un proyecto para identificar el ADN de las uvas en el Centro de la Vid y el Vino de La Rioja, en Logroño. Ya se han mandado las muestras para que «podamos tipificar qué variedades son las que tenemos en Almería», destaca Antonio Rubio.

Cuando Alejo le ofreció la financiación, Rubio contactó con los profesores José Manuel Martínez Zapater y Javier Ibáñez, «los dos científicos punteros a nivel mundial, especializados en vid, para hacer esos estudios». Las 72 muestras están enviadas ya, junto a otras más de 30 que no están en el catálogo, pero que tienen características especiales, como «un tronco gordo, o que dan cosechas extraordinarias, o que la variedad de uva, sin nombre, son muy apreciadas en una comarca».

En total, son entre 110 y 120. Calcula que tendrán los resultados en un par de meses. Se van a comparar con 1700 variedades a nivel mundial, para comprobar si son endémicas, o especies mejoradas en Almería. Será un gran paso de un proyecto nacido para defender la biodiversidad de la provincia, porque, como asegura rotundo Antonio Rubio, «Almería es una de las provincias con más riqueza de biodiversidad de toda España». 

Banco de germoplasma en la UAL

La Universidad de Almería guarda en un sótano de sus instalaciones un banco de semillas, el banco de germoplasma, que además de incluir un buen número de especies y variedades de estas, contribuye a la investigación en genética vegetal que se hace en la universidad. Al frente está el profesor Manuel Jamilena, que explica a Foco Sur que nació como parte de un proyecto de investigación conjunto con otros centros de Andalucía para recolectar y mantener la diversidad genética de diferentes especies en Andalucía. «En Almería nos centramos en las hortalizas, y el grupo estuvo buscando variedades tradicionales, antiguas, en diferentes sitios de Andalucía, sobre todo en la Alpujarra granadina y almeriense», explica Jamilena. «A partir de ahí, todo el material adicional que hemos ido metiendo en el banco de germoplasma es porque al grupo de investigación que gestiona el banco le interesa, porque trabajamos en un proyecto, por ejemplo, para identificar resistencias genéticas a virosis y tenemos que identificar variedades que sean tolerantes a ese virus», continúa Jamilena, «y para eso lo que hacemos es buscar en todo el mundo qué variedades pueden ser resistentes a ese virus, pedimos germoplasma a otros sitios del mundo y lo testamos en Almería, y luego esas variedades también se conservan en el banco».

En la actualidad, el banco de germoplasma de la UAL, que gestiona el grupo de investigación Genética de Hortícolas, guarda en sus cámaras unas 2.000 variedades en el banco, y de la colección de mutantes, entre 3.500 y 4.000 más, estas últimas de calabacín. Con ellas llevan adelante proyectos como el de encontrar una especie resistente al virus Nueva Delhi, que el grupo de la UAL acabó descubriendo el gen que proporciona resistencia al virus hace unos cuatro años en otra especie, en un trabajo conjunto con la Universidad de Valencia, y lograron transferir el gen al calabacín, aunque aun no se han comercializado variedades para consumo.

Jamilena cuenta que también, entre otros muchos proyectos, «hemos hecho catas buscando variedades tradicionales de tomate con buen sabor, y el mejor resultado lo daba un tomate que procede de Abla». Algo, normal, añade, «porque la mejora genética del tomate ha supuesto una pérdida de características organilépticas en el fruto, todos sabemos que los tomates no saben como antes».

El profesor, además, destaca la importancia de las variedades tradicionales ya que «son variedades que se han ido adaptando en manos de los agricultores a distintos sitios en el mundo, y se ha mantenido la diversidad genética». Así, añade, «cuando esa diversidad la hemos restringido generando híbridos que tienen una base genética mucho más pequeña, al final hemos perdido variabilidad, y tenemos que ir en busca otra vez de esa variabilidad cuando buscamos un nuevo carácter».

Los mayores bancos de semillas del mundo

El Banco Mundial de Semillas es el más conocido y de mayor tamaño de los reservorios de material genético vegetal. Localizado en Svalbard, Noruega, en una isla cubierta de permafrost, alberga más de 983.000 muestras de semillas de miles de plantas de cultivo de todo el mundo. Conocida popularmente como ‘cámara del fin del mundo’, ya que los almacenes están diseñados a prueba de terremotos de hasta grado 10 en la escala Richter, impacto de bombas y de la radiación solar, tiene como objetivo salvaguardar la biodiversidad de especies de cultivo ante una eventual catástrofe. Funciona como un banco, en el que los distintos bancos de semillas del mundo pueden guardar parte de sus colecciones para tenerlas protegidas.

Otro banco de gran relevancia es el Banco de Semillas del Milenio, en West Sussex, Reino Unido. En este caso, dedicado a la biodiversidad salvaje, de la que es el mayor almacén en el mundo. Como en el caso del Banco Mundial de Semillas, el objetivo es disponer de ‘recambios’ para la biodiversidad vegetal, aquí en estado salvaje, para el caso de que una catástrofe provoque una extinción masiva de especies.

También es importante el Banco Genético de Granos de Australia, que almacena material genético de la biodiversidad vegetal para su conservación e investigación. Incluye especies de cultivo y especies salvajes, y es el mayor del mundo que combina ambos tipos de biodiversidad, con capacidad para albergar hasta 300 millones de semillas.

(Reportaje publicado en el número de julio de 2019 de la revista Foco Sur).

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