La mejor playa

Han descubierto un lugar recóndito, una pequeña hendidura del mar entre los cerros en la que creen estar a salvo del mundo sin sospechar que podemos verlos. Desde su refugio, contemplan el ejército de olas que van derramándose sobre la orilla. Cuando se cansan, cuentan agujeros en las rocas, pequeñas plantas, aves que revolotean, gaviotas al acecho. De vez en cuando comen, duermen, se miran, se arañan la piel con la arena. Se cuentan historias que van improvisando según les inspira la luz del momento. 

Han perdido la cuenta del tiempo que han pasado allí, aislados en su paraíso particular. Quedan cincuenta y siete minutos para que se cumplan dos semanas. O un par de horas para que lleven dos meses. O justo cinco días. O tres años, casi. No les importa, no piensan en ello. El tiempo ha dejado de existir.

El temblor de una idea, sin embargo, ha comenzado a deslizarse entre relatos de fantasía o lo que creen recuerdos de otra época. ¿Qué habrá más allá de los cerros? Al principio, la sensación va creciendo en la mente de uno de ellos, pero poco a poco, sin que nadie haga comentarios sobre el asunto, se va inoculando en buena parte del grupo. Por eso, cuando uno propone subir a la cima más próxima, no todos se sorprenden e incluso los hay que sonríen de modo apenas perceptible, con satisfacción. Empiezan a hacer los preparativos para la avanzadilla.

Las diez primeras veces, queda en intento. El mar se vuelve hostil de repente, como furioso ante la idea de que el grupo abandone el lugar. O las rocas se desprenden cuando intentan trepar por ellas. O hace un día magnífico que invita a nadar y charlar al sol. O surge el miedo a encontrar el refugio ocupado por otros cuando regresen, y hay que preparar un plan para eliminar esa posibilidad. Cuando uno plantea la opción de encontrarse con peligros para los que pudieran no estar preparados, los promotores originales de la expedición deciden acabar de una vez con los retrasos y las dudas. Al día siguiente, sin falta, pase lo que pase, cinco de ellos ascenderán.

Los dos que consiguen regresar se ocultan en el interior de la pequeña cueva durante los siguientes días. No hablan con nadie, apenas comen, no duermen. Murmuran frases ininteligibles que preocupan al resto del grupo, incapaz de encontrar una manera de sacarlos de su estado ni de saber qué ha ocurrido con los tres desaparecidos. Se opta por montar una misión de búsqueda. Otros cinco parten al amanecer. Solo dos, de nuevo, vuelven al caer la noche.

Durante un tiempo, nadie se atreve a proponer de nuevo que investiguen lo que existe más allá de su refugio. Los cuatro exploradores actúan como si nunca se hubiesen separado de la orilla del mar. Cuando, a las varias semanas, alguien insinúa que sería buena idea comprobar una vez más qué pasó con los seis desaparecidos, pocos se dan por enterados. Ninguno responde. Les dejamos así unos días más.

Cuando despiertan una mañana, un ladrillo preside la playa que han convertido en su hogar. Nadie sabe de dónde ha salido, pocos intuyen de qué se trata. Los cuatro exploradores regresan a la cueva murmurando de nuevo con miradas huidizas. Es posible que hayamos sobreestimado al grupo, sospechamos. Aun no están preparados, concluimos. Acordamos permitirles que vean las columnas de humo por encima de los cerros. Dependiendo de cuál sea su reacción, decidiremos si los recuperamos o los eliminamos. Pronto lo sabremos.

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