Elecciones

A los minutos les ha dado por acelerar y sin apenas darnos cuenta estamos escuchando la última canción del disco. Ha sido todo tan repentino que no logramos obtener ninguna conclusión clara sobre sus cualidades. Entre dos sorbos de ron con cocacola, me ha dado la sensación de que suenan un poco como aquella banda que iba a ser la mejor del mundo hace cinco años, dos meses y tres semanas. Mi compañera de castigo opina que una de las canciones le recuerda de manera sospechosa a la del anuncio del coche ese. Yo no lo tengo tan claro. Ni siquiera, a qué anuncio se refiere. Le digo a Julián que nos ponga otras dos y que le dé al play de nuevo. Total, sigue sin entrar gente en el bar. A ver cuándo arreglo mi equipo de música, medito durante unas décimas de segundo.  Sigue leyendo “Elecciones”

Al despertar

Sale de la casa casi en el mismo instante en que el sol comienza a asomar por encima del cerro de hormigón. Lleva la misma falda, la misma camiseta decorada con extravagantes dibujos, entre infantiles y pornográficos, las mismas botas, no las mismas medias (perdidas en combate), sí el mismo tanga, sí la misma prisa con que había entrado en el portal lúgubre y maloliente unas horas antes, cuando aun quedaban restos diluidos en su sangre del alcohol, las pastillas y demás sustancias ingeridas durante horas de tensa espera, al acecho de la mejor opción del día, en el bar de copas donde ella, sus amigas, sus amigos y el resto de rostros aferrados a cuerpos en estado de descomposición mecen sus carnes tensas, su sangre abreviada, al ritmo que dicta el DJ que esa noche se encarga de hacer temblar paredes y cristales por un módico precio.

Se ajusta la cinturilla de la falda, masculla un gemido de dolor: ahora se da cuenta de que los ¿arañazos? que surcan su muslo derecho (¿cómo coño me habré hecho esto?) además de escocer, se ven. Mucho. Acelera el paso y en poco más de media hora trepa a su pequeño apartamento. Allí le esperan ejércitos de platos por lavar, de vasos con restos de vino, de whisky; una algarabía de moscas (¡joder!, pero si aun no es verano. ¡Qué asco!) lame con precisión la salsa solidificada sobre la fuente que le regaló su abuela cuando decidió independizarse. Olfatea el aire. Abre la ventana. El sol la deslumbra. Se acerca al cuarto de baño. Se mira en el espejo. Llora.  Sigue leyendo “Al despertar”

Antropología

Cuando cae la tercera gota sobre su cabeza, decide mirar hacia arriba. Hoy no tenía pinta de día de lluvia. Es noche negra, ni luna ni estrellas, así que a lo mejor hay nubes camufladas en el cielo, ocultas entre las masas de contaminación. Mira el reloj. Silba unos segundos una conocida melodía hasta que cae en la cuenta de que es esa mierda de canción de los niñatos de turno. Anda que vaya tela lo que se me pega, es probable que piense, mientras sonríe al pensar en que nadie la ha escuchado, por suerte.

Contando con que ha llegado quince minutos antes de tiempo, llevaba ya cerca de media hora de espera. La experiencia le dice (un leve susurro en el oído izquierdo) que demorarse en esa esquina más de otros diez minutos podría convertirla en el blanco perfecto. Se ajusta los pantalones (caprichosos, de esos con tendencia a la rebelión: a poco que se despistase, podían llegar a colocarse con los botones delanteros casi sobre la cadera). Enciende un cigarro justo a tiempo de que le caiga encima del grabado de la marca la cuarta gota de la noche. No suele sucumbir ante las garras del pesimismo o la premonición malsana, pero una idea comienza a ocupar cada vez más espacio en su cerebro: esos pequeños detalles, unidos, tienen toda la pinta de convertirse en una gran putada.  Sigue leyendo “Antropología”

Conocer gente

Ella ya está sentada en el banco acordado cuando él dobla la esquina, con toda la prisa reflejada en el rostro. La chica, vestida con leggins negros, camiseta blanca con extraños dibujos serigrafiados, sandalias claras y algo en el pelo que él no logra ubicar en el listado mental de adornos femeninos, sonríe a pesar de todo. Aun así, él no logra relajarse por completo. Su sonrisa de respuesta, desplegada mientras se sienta al lado de ella, bien ha podido parecer una muesca de asco, reflexiona a la vez que se rasca el pelo por encima de la patilla derecha. Se miran durante unos segundos, sin percatarse del temblor de manos del otro. Un primer síntoma de cosas en común.

Con diligencia, pensando en reparar de alguna manera el tiempo que ella pueda haber estado esperando, el chico saca una libreta de tapas de cuero negro, pequeña, y un bolígrafo del bolsillo derecho de la chaqueta negra que lleva sobre una camiseta de la Velvet Underground. Ella vuelva a sonreír, mueve de modo apenas perceptible los hombros, como asintiendo, y coge a su vez un cuaderno de espiral, del mismo tamaño que el del muchacho, del bolso. Nuevo cruce de sonrisas. Él pasa un par de páginas y comienza a escribir.  Sigue leyendo “Conocer gente”