El 60º aniversario del accidente nuclear de Palomares ha pasado desapercibido en Almería, a pesar de los intentos de conmemorarlo con una exposición y una mesa redonda. La Universidad de Almería ha publicado dos libros; uno de ellos es ‘El año de las bombas’, escrito por José Herrera Plaza, que lleva más de dos décadas luchando por arrojar luz sobre la gestión que se hizo en esta localidad de Cuevas del Almanzora y para que se limpien los terrenos contaminados y que sus habitantes consigan compensaciones por haber sido utilizados como cobayas de laboratorio para estudiar el efecto de la radiación del plutonio en sus cuerpos y en el medio ambiente.
En mayo, ha viajado a Brasil para presentar su documental ‘Operación Flecha Rota’ y el cortometraje ‘Enero del 66’, de Jaime García Parra, en el prestigioso Uranium Film Festival de Río de Janeiro, el único festival de cine del mundo dedicado a películas sobre la energía nuclear, donde sí se ha dado la relevancia que merece al aniversario del accidente de Palomares y al 20º del de Chernobyl, los dos más importantes de la historia de la era atómica.
El 60º aniversario del accidente de Palomares se ha conmemorado en Brasil. ¿Cómo ha sido así?
En Río de Janeiro está la sede de uno de los festivales de cine más singulares del mundo, porque es el único que se dedica a temas nucleares, el Uranium Film Festival. Saben la relevancia de todo lo ocurrido en la era nuclear, desde 1945, cuando detonó la primera bomba, y saben que el entonces accidente nuclear más importante de la historia de la era atómica se produjo en Almería en 1966. Desde 1945 no habían caído bombas sobre una población y, aunque aquí no hubo detonación, sí hubo dispersión de material radiactivo y afectó a la población y la contaminó. La relevancia de este accidente es indiscutible, muy por encima de que todos los poderes públicos siempre le han restado importancia, empezando por el Gobierno y, por supuesto, por el país causante, EEUU. Hay gente que sabe, independientemente de cualquier ideología política, la importancia que tiene este hecho histórico. La sede del festival está en Brasil, pero tiene también sucursales en Berlín y es itinerante por muchos países, como EEUU, Canadá, India, Portugal… Incluso iba a venir a Almería, organizado por la Universidad de Almería, pero se confirmó justo quince días antes de la pandemia y no se pudo hacer. En esta edición, junto al accidente de Palomares se conmemora el que le superó, el de Chernobyl, que fue justo 20 años después, en 1986.
¿Qué se ha hecho en el festival?
Se han proyectado dos películas de dos almerienses. Un cortometraje de Jaime García Parra, ‘Enero del 66’, que es ficción con un grado de comedia y de farsa, que queda muy bien; y el documental ‘Operación Flecha Rota’, que es el primer largometraje rodado en Almería por almerienses, en 2007. En él, procuramos que todo el equipo fuera de Almería. Yo los he presentado, en una sesión a la que asistió el cónsul en Brasil para apoyar la presencia de la cultura española en este prestigioso festival.
¿Por qué no ha tenido este aniversario la conmemoración que se merece en Almería?
Porque en Almería hay muchísima ignorancia. Tenemos un gran desarrollo social y económico, pero muy poco en el aspecto cultural. La única institución que ha apoyado el 60º aniversario ha sido la Universidad de Almería, desde su editorial, con la publicación de dos libros por el 60º aniversario. Pero intentamos hacer una exposición de fotografía divulgativa en la Escuela de Arte y se nos cerraron las puertas; e intentamos realizar una mesa redonda, que para mí era fundamental, con la sociedad de Cuevas del Almanzora, donde está el problema, en el ojo del huracán, un acto sencillo, barato, pero el Instituto de Estudios Almerienses lo rechazó, así que no se ha podido hacer.
¿En qué situación está hoy en día?
Está como desde 2008, con la diferencia de que hay 3.500 kilogramos más de residuos nucleares que nos trajo el CIEMAT a Palomares, como si fuese un cementerio nuclear. Eran de Palomares, pero estaban en una instalación radiactiva de segunda clase, según la ley, pero Palomares parece ser un puerto franco donde se incumple toda la normativa nuclear de Europa. Y los organismos encargados de hacerla cumplir, como el Consejo de Seguridad Nuclear o el CIEMAT, miran para otro lado.
¿Por qué?
Porque Almería está a 525 kilómetros de ellos, evidentemente. A ellos no les llega ese problema.
¿Y el papel de Estados Unidos?
De Estados Unidos no hay que esperar nada, ni antes, ni ahora, ni después. En 1966, España le puso la alfombra roja. La base de San Javier se le dejó al completo para que en pocos días hubiera más de 200 aterrizajes y despegues. Se les puso furgonetas, se les puso camiones, se les puso personal… y pagó con deslealtad y engaño, haciendo un simulacro de limpieza y dejando un proyecto de investigación con humanos que entra dentro, hoy día, del ámbito penal. Y aquí no ha pasado nada, porque era Almería; era gente, para ellos, pobre, mirándolo desde un punto de vista urbanita por parte de los madrileños que fueron allí de la Junta de Energía Nuclear y, por supuesto, supremacista por parte de los americanos, que veían esto como si fuesen indígenas. Les importaba un comino dejarles varios kilogramos de plutonio sin recoger, enterrados a 30 centímetros en sus campos de labor, sabiendo que esos campos de labor, en los siguientes años, iban a seguir siendo arados e iba a aflorar el plutonio, para poder ver la tasa de transferencia de la tierra a sus cuerpos. Así de duro y así de fuerte.
¿Cómo descubriste ese proyecto de experimentación?
Antonio Sánchez Picón y yo hicimos una exposición en 2003, cuando descubrimos el Proyecto Indalo de experimentación con seres humanos, que venía en el anexo del acuerdo internacional entre España y Estados Unidos. Pero no sabíamos nada más. Desde entonces, tengo publicaciones académicas, con detalles muy duros. Y una monografía que espero publicar el año que viene, contando todo el proyecto, desde 1966 hasta 2009, que termina, con más de 1.400 referencias documentales o bibliográficas.
Era un acuerdo entre ambos países, ¿no?
Sí, de Estados Unidos y España. Es el acuerdo Hall-Otero, que lo firman José María Otero, presidente de la Junta de Energía Nuclear, y John A. Hall, de la Comisión de Energía Atómica de Estados Unidos, el 25 de febrero de 1966. El anexo lo sacamos por primera vez en 2003 en el libro del Centro Andaluz de la Fotografía ‘Operación Flecha Rota’, que se llama igual que el documental. Pero no teníamos más datos. Mandamos el texto del anexo a un traductor porque no nos lo creíamos. El punto uno decía “Estudio de personas expuestas al aerosol para intentar determinar la carga corporal de plutonio”. Nos quedamos boquiabiertos pero no teníamos más datos porque no se habían desclasificado más documentos ni habíamos tenido acceso, y no pudimos dar más información. Solo estaba el informe oficial de los americanos y aportamos los datos que venían ahí, que, por supuesto, eran falsos.
¿Nadie ha hecho nada para solucionar el problema de Palomares?
Cuando llega la democracia y nuestro Estado de Derecho, las cosas siguen exactamente igual hasta 2008. Juan Antonio Rubio, del CIEMAT, se había dado cuenta de la monstruosidad que pasaba en Palomares. Es una persona con mucha empatía hacia la gente de Palomares y lucha por tomar las primeras medidas de radioprotección a la población. Aunque parezca surrealista, han de pasar 42 años desde el accidente hasta que el señor Rubio y su directora de Medio Ambiente, Teresa Mendizábal, luchen para que se restrinjan los terrenos que están contaminados. Se hace una restricción de uso y de acceso mediante el vallado de 40 hectáreas, que son las que continúan ahora. Aquí no hay ideologías ni siglas. Todos los partidos que estuvieron en el poder estuvieron secundando la historia oficial de que los norteamericanos habían dejado el terreno limpio y que no había ningún peligro para los habitantes.
¿Hay algo que todavía se pueda hacer?
Por supuesto. Lo primero, compensar a las pedanías de Palomares y Villaricos por todos los engaños de todos los gobiernos. El Gobierno español, para mí, es incluso más responsable que el norteamericano. El norteamericano está a lo suyo, va a proteger a su gente y lo demás le importa un carajo. Y para el Gobierno español, su deber moral, básico, es proteger a sus ciudadanos, por muy en la periferia que estén. Para mí, de todas las entidades, la más obligada a descontaminar es el Gobierno español, que tiene los medios, tanto financieros como técnicos, para hacerlo. Hay un plan de restauración de Palomares, desde el año 2007, que lo hizo Juan Antonio Rubio. Primero hizo el Plan de Investigación Medioambiental de Vigilancia Radiológica, donde se hace inventario de lo que había en ese momento y que no se lo habían llevado los norteamericanos, ni la riada de 1973 y otras que hubo después, que han limpiado muchas hectáreas. Una vez que se sabe dónde está el plutonio, cuánto hay y a qué profundidad está, se ejecuta el plan de rehabilitación de Palomares, que fueron seis meses de trabajo en una planta piloto que tiene el CIEMAT, haciendo prácticas de descontaminación de distintas tierras. Lo que han hecho desde 2010 ha sido escurrir el bulto. Es una vergüenza, porque Palomares sigue siendo una de las dos o tres zonas del mundo más contaminadas de plutonio. Y es una zona habitada.
¿Qué añade tu libro ‘El año de las bombas’ a lo que ya habías publicado sobre el accidente de Palomares?
El libro está focalizado en el factor humano. La historia siempre se cuenta desde arriba, los grandes personajes, Franco, el gobierno de Johnson, McNamara… pero el libro está contado desde abajo, desde la gente. En el documental ‘Operación Flecha Rota’ juntamos casi 40 horas de grabación y había que sacar de ahí una hora y media. El nivel de descartes es tan grande que se nos quedó a todos un malestar. Así que para el libro he seleccionado, de todas esas entrevistas, las más interesantes para aportarlas completamente. Está hecho desde la óptica de la narrativa documental, eso sí. Es un poco tributario a esa gran escritora y periodista que es Svetlana Alexiévich, ganadora del Premio Nobel, y a uno de sus libros, que a mí me marcó mucho, ‘Voces de Chernobyl’.
¿Nadie había escuchado ni prestado atención a esta gente hasta que los entrevistaste?
Sí, los escucharon y les dijeron “no se preocupe, está todo limpio, no hay ningún problema, usted puede hacer su trabajo, ningún palomareño se ha contaminado, nadie tiene muestras de plutonio en la orina, puede estar totalmente tranquilo”. Eso es lo que les dijeron en 1966, pero es que 1986, ya en democracia, con un Gobierno supuestamente progresista, les dijeron lo mismo que en plena dictadura. Es muy triste cómo se comportó el Gobierno español.
¿Se sigue intentando que el Gobierno haga algo?
Desde 2015, José Ignacio, el abogado de Ecologistas en Acción, no para de pleitear. Lo ha denunciado al Tribunal Supremo, a la Fiscalía de Medio Ambiente, a la Audiencia Nacional, incluso en el Parlamento Europeo, que fuimos los dos. Yo no soy de Ecologistas en Acción, pero los apoyo como a cualquier otra organización o persona que reme a favor de la solución definitiva del problema de Palomares, me da igual su ideología o su orientación política. Este abogado está intentando agotar todas las posibilidades que da la jurisdicción española. El año pasado lo presentó al Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo, pero por desgracia no lo admitieron a trámite. Estamos luchando dentro de los cauces normativos, pero ya sabemos cómo está la justicia en España, que es una verdadera vergüenza.
(Entrevista publicada en el número de junio de 2026 de la revista Foco Sur).


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