Realidad y ficción: lo demás no cuenta


Miguel Blanco

Andrés García Lorca: «A los inmigrantes que quieran integrarse, con voluntad de trabajar, hay que ayudarles»

Tras una vida dedicado a la enseñanza de Geografía e Historia, primero en el instituto, después en la Universidad de Almería, y a la política, como fundador y primer secretario provincial de Alianza Popular en Almería, concejal y, por último, subdelegado del Gobierno en Almería hasta 2018, Andrés García Lorca es uno de los impulsores de la Fundación Almería Tierra Abierta, de la que es presidente; una entidad nacida hace dos años para facilitar que los inmigrantes que llegan a Almería puedan acceder al mercado laboral y tener unas condiciones de vida dignas.

¿Cómo fue la idea de crear la Fundación Almería Tierra Abierta?

Surge por una idea que estaba latente, tanto por parte de Juan Callejón como por la mía, que Juan puso de manifiesto por un reportaje que se hizo contra Almería en una televisión extranjera, a raíz de la insistencia que tenía el Sindicato Obrero del Campo, el SOC, y algunos grupos también, por demostrar que la de Almería era una agricultura al margen de lo social y contraria en la práctica a los derechos humanos y que no era sostenible. Se trataba de denostar el sistema productivo almeriense porque los competidores extranjeros, sobre todo holandeses y franceses, veían nuestro modelo como un peligro para sus intereses comerciales.

En esta circunstancia de desprestigio que estaba sufriendo Almería, me para un día Juan por la calle y me dice: “Tengo una preocupación, está saliendo una información de Almería muy negativa, pero también es verdad que se están produciendo situaciones en cuanto a las viviendas y a las zonas donde están los inmigrantes que me preocupan socialmente”. Y le digo que a mí me preocupan como cristiano. Y pensamos que teníamos que hacer algo para defender el modelo de agricultura y también los derechos de los trabajadores que están en el campo, que son el activo fundamental del modelo, sin ellos no podría seguir adelante, y combatir la mala propaganda que se estaba haciendo. Hablamos con Alfredo Sánchez y fuimos buscando un grupo de personas que tuvieran experiencia en la gestión de gobierno, que tuvieran conocimiento de la provincia y que tuvieran una conciencia social suficiente como para entender estos procesos. Alfredo llamó a unas personas, Juan habló con Trini Cabeo, estaban también Antonio Fernández, de La Voz de Almería, o Almudena Mateo-Sagasta, que estaba trabajando como arquitecta en el Campo de Níjar. Nos reunimos y vimos la posibilidad de ser una fundación comunitaria, que está dedicada a promover el cambio social dentro de las comunidades. Al principio no la llamamos Fundación Almería Tierra Abierta. Fuimos a presentarla a distintos sectores y autoridades civiles y un día, hablando con el obispo, nos dice que está interesado y se vincula. Y él fue el que le puso Almería Tierra Abierta, porque Almería es una tierra siempre abierta a la inmigración porque ha sido una tierra emigrante.

¿Cuáles fueron los primeros pasos de la fundación?

Lo siguiente que hicimos fue buscar financiación, pero no pedir subvenciones al Estado, porque esto tiene que ser un compromiso que sale de la sociedad y lo tiene que mantener la sociedad. Empezamos una campaña de captación con los empresarios agrícolas para exponer el problema y que nosotros estábamos interesados en producir ese cambio social, defendiendo el modelo productivo. Nosotros queremos defender el modelo productivo, pero para eso tenemos que disminuir la brecha social que hay en él, que las personas que están trabajando en la agricultura tengan las mismas oportunidades y una vivienda digna. Hablamos con Coexphal, Cajamar y Consentino y lo entendieron. Les pedimos 10.000 euros a cada uno y con esos 30.000 euros montamos la fundación. Paralelamente, hablamos con grandes empresas del Poniente y el Levante almeriense, seis o siete, que nos dan entre 5.000 y 6.000 euros al año durante tres años.

¿Con qué proyectos se inició esa tarea?

Comenzamos con los proyectos más inmediatos. Uno es la vivienda; otro, la formación de la gente, desde pequeños, para que vean que la inmigración no es un problema; y ayudar a que la gente vaya aprendiendo por su cuenta y se vaya buscando la vida. Hicimos una reunión para captar fondos en Cajamar y vino gente particular, de la calle, y aportaron, en pequeñas cantidades, casi 48.000 euros. O sea, que la gente entiende esa necesidad. Eso nos animó mucho y empezamos con tres proyectos. Uno, hacer una cooperativa de inmigrantes para trabajar en oficios varios, que la lleva la asociación de colombianos. Luego, a los jesuitas que están trabajando en los asentamientos, les dimos 17 o 18.000 euros para ayudarles con el tema de la vivienda. Y luego dimos también otra cantidad a un grupo social que se dedica a la formación en los colegios de las zonas de inmigración más fuerte, en Níjar y en la zona de El Ejido, que dan cursos y hacen actividades con los niños.

Por otro lado, hicimos la página web y empezamos a intervenir en otras cosas. Nos llamaban, por ejemplo, a reuniones con distribuidores alemanes que estaban poniendo pegas para explicarles el modelo. Y con las distribuidoras de frutas y hortalizas, para que valoraran sus decisiones antes de emprender campañas. La última, Tesco, la distribuidora en Gran Bretaña de estos productos, que iba a dejarlo porque había una denuncia de Podemos, que decían que aquí eran esclavos, y le demostramos que era mentira. Decían que habían puesto un grifo y no llegaba el agua, y claro que no llegaba, porque la mafia que controla el asentamiento vende el agua. Están explotados por ellos mismos. En todos los asentamientos hay una mafia que controla el asentamiento y explota a los pobreticos que están allí.

Habrá que delimitar quiénes son los que están en el sistema productivo, porque no podemos hacernos cargo de los procesos migratorios que afectan a Europa. Los asentamientos no van a desaparecer mientras no haya control de fronteras, porque cuando se van unos, vienen otros y están llegando constantemente. A los inmigrantes que quieran integrarse, con voluntad de trabajar, hay que ayudarles.

¿Y cómo se les ayuda?

Nosotros entendimos que era importante hacer cursos de formación para que adquieran los permisos de trabajo por formación y además tengan una formación suficiente para encontrar trabajo. Organizamos unos cursos, con inmigrantes, de camareros y cocina, para crear más nichos de trabajo. Han estado seis meses en hoteles de San José y luego se ha colocado el 70%. Hemos hecho una estructura de grupos de trabajo, que cada uno lleva una misión específica. Le hemos dado un poquito más de fuerza al de vivienda y está desarrollando una labor espectacular. Han comenzado con un estudio de la problemática de la vivienda en los asentamientos, con una metodología muy activa y muy participativa, con todos los elementos del tercer sector, para buscar un método con el que hacer frente a esa realidad.

Y en nuestra fundación hay dos médicos que están muy comprometidos y no solamente atienden allí a los enfermos, sino que les están enseñando a leer y escribir. Vamos avanzando, estamos generando conciencia social y oportunidades para la gente que de verdad quiera trabajar. Además, hemos tenido reuniones con Sanidad para que mejoren las condiciones y con el Ayuntamiento de Níjar, que está haciendo un esfuerzo importante generando suelo para vivienda. Tienen un proyecto, del que estamos haciendo nosotros el informe, para construir 86 viviendas. Estamos actuando de enlace entre las administraciones públicas, para que hagan cosas.

Con el ruido de las redes sociales, cada vez se oye más que los inmigrantes son los culpables de casi todo lo malo que suceda en la sociedad. ¿Cómo se puede luchar contra eso?

La percepción que se tiene muchas veces de la inseguridad ciudadana como consecuencia de la inmigración tiene su punto de razón, porque vienen colectivos muy peligrosos; por ejemplo, el caso de los argelinos e incluso algunos marroquíes. Y la estadística de criminalidad, con respecto a la población autóctona, es preocupante. Pero estamos hablando de que hay una brecha social que lo es también de comportamiento y cultural. Nosotros estamos tratando que encuentre trabajo y viva feliz, en unas condiciones de dignidad humana. Lo que no podemos es, de la noche a la mañana, proporcionárselo a todos, así que vamos a centrarnos más en los que, de alguna manera, tienen la voluntad. Ahora estamos preparando unos cursos para peones agrícolas y de almacén, en Las Palmerillas. Tienen que estar seis meses formándose. Es gente que ha venido que no tiene papeles y vamos a darle esa oportunidad.

Otro problema es que a veces llega el inmigrante y dice que quiere el paro y si no le dan de baja, se va. Como la necesidad de mano de obra es muy importante, hay mucha gente que accede y le da el paro pero sigue trabajando, lo cual es un fraude. En esto, los que están fallando más son los pequeños agricultores, no las grandes empresas. Se dan casos irregulares, pero son más bien excepcionales. Incluso hay empresas, como Biosabor, que si tienen conocimiento de que las personas que aportan sus productos a la empresa tienen trabajadores en condiciones irregulares, cortan con ellos las relaciones comerciales. Y también han hecho un ensayo de vivienda para sus trabajadores muy interesante.

En estos dos años, los objetivos que os habéis planteado se están cumpliendo, ¿no?

Se están cumpliendo, pero vamos poco a poco, vinculando a gente y creando conciencia. Seguiremos ahora con grandes empresas no solamente buscando financiación, sino instando a que la parte del presupuesto que tienen de responsabilidad social corporativa se invierta realmente. Y hay quienes vienen y solicitan integrarse en la fundación de alguna manera y están respondiendo económicamente. Nosotros lo único que hacemos con el dinero es redistribuirlo. Y luego, dar la cara por la gente que está trabajando en el sector y, por supuesto, dar la cara internacionalmente ante aquellas personas que tratan de utilizar el déficit social que hay en el sistema productivo como un elemento de competitividad.

Al principio hicimos también una campaña porque a los trabajadores que iban a los invernaderos por la noche, que eran negros, y no conocían las normas de tráfico, los mataban los coches. Fuimos a la Diputación para que en la red de carreteras pusieran arcenes y señales. Y luego logramos que Michelin nos diera chalecos reflectantes para la gente. Fuimos a los asentamientos, les dimos los chalecos, les explicaron un poco lo del tráfico y ha disminuido muchísimo la accidentalidad. Ahora nos gustaría que los servicios de autobuses puedan ser accesibles a esta gente para ir a los centros de trabajo. Ahora mismo, de las fundaciones comunitarias, somos la primera de Andalucía y la novena de España. Estamos muy bien valorados. Yo la verdad que, dentro de lo que cabe, no es que me sienta totalmente satisfecho, pero veo que estamos tratando de hacer algo positivo y que está sirviendo.

¿Cuál sería el principal reto pendiente de Almería Tierra Abierta?

Que los inmigrantes vivan en condiciones de dignidad como el resto de las personas. Ese es nuestro reto. Y que los inmigrantes que quieran incorporarse a la actividad productiva puedan hacerlo en unas condiciones dignas.

¿La sociedad de Almería responde a esta iniciativa?

La gente está tomando conciencia de que la inmigración es necesaria y lo que tenemos que hacer es vivir en una sociedad de mutuo respeto. Es verdad que hay sectores que, por razón cultural o religiosa, no se van a integrar, pero al menos que convivan en paz con los demás ciudadanos. Y también es verdad que no podemos permitir que haya gente que viva en condiciones infrahumanas. Eso no lo podemos permitir como sociedad con cierto nivel de sensibilidad.

(Entrevista publicada en el número de diciembre de 2025 de la revista Foco Sur).

Andrés García Lorca, presidente de la Fundación Almería Tierra Abierta. Foto de Miguel Blanco / Foco Sur

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