Miembros de la asociación A Toda Vela en una de sus actividades de ocio. Foto de A Toda Vela

Con amigos, trabajo… y discapacidad intelectual

Asociaciones como Asalsido, A Toda Vela y Verdiblanca han impulsado un cambio en la vida de las personas con discapacidad intelectual y en la actitud de los almerienses hacia este colectivo, que ahora tiene opciones laborales y de ocio con las que sin ellas no contaba.

Hasta hace tres décadas, la vida de muchos niños y niñas de Almería, y de cualquier lugar del país, transcurría entre el cole y la casa. No salían, no tenían amigos, no iban a fiestas de cumpleaños. Tampoco contaban con tener un trabajo cuando creciesen, con tener una vida independiente. Sus familias los mantenían encerrados en sus hogares, donde no podían hacerse daño y nadie los iba a mirar raro. Así era el día a día de las personas con discapacidad intelectual hasta que sus familias, y ellas, comenzaron a organizarse y crear asociaciones que trabajaran para dar la vuelta a esa situación.

La cosa comenzó a mejorar a partir de los años noventa. El 17 de mayo nacía la asociación Asalsido, de familias de personas con síndrome de Down. Un año más tarde, la asociación Verdiblanca, fundada en 1979 para atender a personas con discapacidad física, se abría a aquellas con discapacidad intelectual, para las que ponía en marcha el Centro Ocupacional Juan Goytisolo. Y en enero de 1997, se fundaba  A Toda Vela, una asociación que nacía con el objetivo de proporcionar actividades de ocio inclusivo a jóvenes con discapacidad intelectual de Almería.

Hoy, chicos y chicas con discapacidad quedan para hacer senderismo, hacer yoga o nadar. Van al cine o salen a tomarse algo a un bar. Aprenden un empleo y consiguen un trabajo remunerado. Los hay incluso que se independizan de sus hogares familiares y se van a vivir a un piso compartido. Una evolución que apenas imaginaban las familias en esta situación hace no tantos años.

Todas las necesidades cubiertas

“Cuando nació mi hija María, hace ya 38 años, la atención a estas personas era limitadísima y atroz, para no acordarse”. María tiene síndrome de Down y gracias a la asociación Asalsido, que preside su madre, Ina Soria, ahora vive en un piso con otros jóvenes y tiene su trabajo. La situación de María de niña, como la de otros hijos e hijas con síndrome de Down, fue lo que llevó a sus familias a poner en marcha la asociación hace ya más de 31 años. “Ahora la persona con síndrome de Down tiene cubiertas todas sus necesidades desde el momento en que nace”.

Hoy en día, Asalsido tiene unos 150 socios con síndrome de Down, y algunos pocos más con otras discapacidades intelectuales. La asociación atiende además a muchísimas más personas, ya que tienen servicios concertados con la administración pública para atender a personas con discapacidad intelectual, como el centro ocupacional.

Uno de estos servicios es el de atención temprana, al que “vienen muchos chicos con diversas patologías” de hasta seis años, explica Ina Soria. Asimismo, en su sede de la calle José Morales Abad, frente al colegio Rafael Alberti, tienen una guardería para todo tipo de niños. Y en ella, trabaja como personal de apoyo una joven con síndrome de Down.

Cuando los niños crecen y comienzan a ir al colegio, personal de la asociación se desplaza a los centros para apoyar a los alumnos y comprobar que se usa el material adecuado y que el resto de niños se comporta de forma correcta con el que tiene síndrome de Down. “Pero sobre todo el apoyo es al maestro o maestra, que a lo mejor en su aula nunca ha tenido un niño con síndrome de Down”, señala  Lola Rodríguez, psicóloga y coordinadora del Grupo de Adultos de Asalsido. Así, explica, van “orientando al profesorado para que la inclusión sea lo más efectiva posible”.

Eso beneficia tanto al niño con síndrome de Down como al resto de la clase, ya que “todos aprenden en valores”. La psicóloga destaca además que “los maestros a veces nos dicen que las pautas que les hemos dado para los niños con síndrome de Down les han servido para toda la clase, como hacer todo con imágenes en la pared, con pictogramas”. El apoyo se da hasta que finaliza la etapa de escolarización de los jóvenes con síndrome de Down, a los 21 años.

Colaboración con empresas

Cuando terminan la etapa educativa, sin ningún título oficial, pasar al mercado laboral es otro obstáculo para estos jóvenes. Por eso, desde la asociación se buscan empresas con las que colaborar. De ahí van saliendo prácticas laborales, en trabajos sobre todo de tipo manipulativo, para los que Asalsido ofrece formación previa a los jóvenes que considera que se adaptan mejor, por su personalidad y características, a cada oferta de trabajo. “Las preparadoras laborales van al puesto de trabajo y observan las tareas que tendría que realizar, qué compañeros hay, si el tipo de trabajo es acompañado o solo, porque en función de eso, de los requerimientos del puesto y de la demanda que nuestros chavales tengan, porque cada uno tiene su preferencia, acoplamos puesto de trabajo con chico y familia”, explica Lola Rodríguez.

Ese personal laboral sigue haciendo un seguimiento mientras dure el contrato, para asegurarse que la relación empresa-trabajador sea un éxito. Y así están ya unos 30 socios de Asalsido, en los más diversos sectores, como en empresas de envasado de productos agrícolas, McDonald’s e incluso la administración pública o el Hospital Materno Infantil, donde realizan labores de limpieza. “Unos tienen una habilidad para unas cosas y otros para otras”, resume la responsable del Grupo de Adultos.

Algunos de ellos, como María, viven en un piso con ocho plazas, independizados de sus familias, que Asalsido mantiene desde hace unos diez años. “Son viviendas mal llamadas ‘tuteladas’, porque no necesitan tutela, ni les favorece, necesitan más libertad, con control y con ayuda en las tareas en las que haga falta, pero pueden hacer una vida más independiente, que es lo que aquí se les enseña”, asegura Ina Soria. Aunque reconoce que hay padres a los que les da “miedo, porque darle libertad a un hijo con discapacidad cuesta”.

Los que no encajan en ninguna propuesta laboral, asisten al centro ocupacional, donde realizan tres tipos de actividades, dependiendo de las capacidades de cada uno. Tienen un taller de rehabilitación de muebles, uno de serigrafía y otro de trabajos manuales y costura, en el que, entre otras prendas, fabrican mascarillas. Todos reciben encargos de particulares y empresas y no paran. En el de serigrafía, por ejemplo, los jóvenes decoran tazas, imanes o bolsas. Y tienen  clientes como el programa ‘Andalucía Directo’ de Canal Sur, que encarga cada año una taza personalizada para cada miembro del equipo.

Actividades lúdicas

En la asociación también fomenta actividades lúdicas y de ocio, como el baile o las salidas a desayunar, con la intención de que “vayan creciendo como personas en todos los aspectos”, afirma la presidenta, que recuerda que “muchas veces, las familias nos obcecamos en que tienen que leer y escribir, y se nos olvida el ocio, salir al cine o a una tienda a comprar”.

Esa misma inquietud llevó a cinco mujeres a poner en marcha la asociación A Toda Vela el 17 de enero de 1997. Dos de ellas tenían hijos con discapacidad intelectual, que no tenían la vida social que sí tenían sus hermanos o los hijos de las otras tres fundadoras. Así que decidieron crear la asociación para impulsar el ocio inclusivo de los jóvenes con discapacidad intelectual.

La idea nació tras leer un artículo en prensa de una asociación para niños con autismo en Madrid y cómo esta les había cambiado la vida. Eso hizo que las cinco amigas cayeran en la cuenta de que la diferencia entre los hijos con discapacidad intelectual y los que no la tenían era la falta de actividades de ocio de los primeros. “Eran niños que no practicaban deporte, que no sabían nadar sin que hubiera razón para ello, no iban a instalaciones deportivas, no iban a festivales ni a conciertos, no salían de tapas”, recuerda Isabel Guirao, directora de A Toda Vela y una de las tres madres de hijos sin discapacidad fundadoras de la asociación. “Teníamos que cambiar la actitud social, porque era donde estaba la dificultad”, añade, “no en las personas con discapacidad intelectual, sino en los demás”.

Lo que comenzó como una asociación para fomentar el ocio inclusivo, ha ido evolucionando en estos 25 años y ofrecen, además de las actividades de ocio, como natación, atletismo o senderismo, servicios como la formación para el empleo para sus asociados y colaboran con empresas mediante una bolsa de trabajo. Asimismo, ofrecen consultoría a empresas y entidades para fomentar la inclusión y asesoran a los propios jóvenes y adultos con discapacidad intelectual para que logren la mayor autonomía posible.

Primer vicepresidente con discapacidad intelectual

En la asociación dan ejemplo de inclusión con Simón, la primera persona con la que uno se encuentra cuando entra en la sede de A Toda Vele, en la calle Antonio Muñoz Zamora, frente al Parque de las Familias, y que también atiende al teléfono de contacto. Por cualquiera de las dos vías, su atención es diligente y exquisita y su discapacidad no supone un problema para desempeñar su tarea. Asimismo, en A Toda Vela están orgullosos de tener el primer vicepresidente con discapacidad intelectual de una asociación de este tipo.

Javier Pérez ostenta el cargo desde hace más de dos años y medio, pero lleva vinculado a la asociación casi desde sus inicios. “Llevo yendo prácticamente los mismos años que lleva A Toda Vela funcionando”, cuenta. Javier, de 35 años, comenzó yendo a natación y desde entonces no ha  dejado de participar con la asociación. Y ahora, como uno de sus directivos. “Cuando me lo propusieron me encantó la idea, porque a mí me encanta ayudas a las personas con discapacidad, y a las que no tienen discapacidad también”, explica. Entre sus labores, está la de representar a la asociación en todo tipo de eventos.

A Toda Vela le ha servido a Javier Pérez para encontrar un empleo. Así, desde diciembre de 2020 es ordenanza en el Grupo ATU Almería Formación. “Me llamaron a ver si quería hacer unas prácticas de ordenanza, y dije que sí, y cuando terminé las prácticas directamente me contrataron”, dice. Asimismo, la asociación ha facilitado que tenga una vida más plena. “Sin A Toda Vela, no tendríamos amigos”, reconoce, y añade que “si no tuviésemos amigos, estaríamos encerrados en nuestras casas, no podríamos viajar ni hacer cosas como hace toda la gente normal y corriente”.

El vicepresidente destaca el papel de esta asociación para el colectivo, ya que en estos 25 años “ha trabajado un montón por las personas con discapacidad, para que la gente las conozca y para que tengan una oportunidad de empleo”. En este sentido, Javier Pérez anima a las empresas de Almería a que “conozcan mejor a las personas con discapacidad, que no nos juzguen por serlo, hay muchos trabajos que podemos hacer perfectamente”.

Desde que se fundó, por A Toda Vela han pasado cerca de 400 personas con discapacidad intelectual y un buen número de estudiantes en prácticas y voluntarios. Hoy en día, son 120 socios. “Algunos nos van a necesitar toda la vida pero otros solo necesitan un empujón, que les digas ‘tú puedes’”, señala Isabel Guirao, que destaca que el último plan estratégico de la asociación se ha elaborado siguiendo las preferencias de los socios, “para que el próximo año hagamos lo que ellos quieren, no lo que nosotros pensamos que ellos quieren”.

Por todo ello, la directora tiene claro que “con nuestro modelo de ocio inclusivo, hemos contribuido a que Almería sea una ciudad mucho más solidaria y acogedora para las personas con discapacidad”. Y recuerda que “una ciudad que atiende a la discapacidad y la diversidad de sus ciudadanos es mucho más rica e interesante”. 

Una labor fundamental durante la pandemia

“Si Verdiblanca no existiera, habría que inventarla”, afirma rotundo Antonio Sánchez de Amo, presidente de esta asociación almeriense de personas con discapacidad que lleva más de 40 años trabajando por la inserción sociolaboral de sus miembros. Una tarea que ha resultado fundamental en estos tiempos de pandemia, que han sido especialmente duros para las personas con discapacidad.

Las medidas que hubo que tomar para frenar la expansión del coronavirus hicieron “estragos en nuestro colectivo”, reconoce Sánchez de Amo. Por un lado, “por el aislamiento, que ha provocado depresiones y un mal estado anímico y mental de muchos socios, que nos ha llevado a tener que contratar y ampliar servicios de psicología profesional”.

Por otra parte, continúa, “hay socios que se han visto de pronto con una merma en sus ingresos económicos”, por lo que la trabajadora social de la asociación“ se ha visto en la necesidad de buscar nuevas ayudas económicas de la administración pública y, también, la solidaridad, tanto a nivel individual como de otras organizaciones, para poder cubrir necesidades alimentarias”.

Asimismo, el confinamiento ha llevado a que “la mayoría de las personas que venían a recibir servicios de fisioterapia hayan visto reducida su situación física y orgánica y hayan tenido que hacer un trabajo de recuperación extraordinario” una vez pudieron volver a recibir las sesiones. Por eso, señala el presidente de Verdiblanca, “tenemos que ir ampliando el tejido social porque somos un colectivo muy desprotegido y, en cualquier momento, cualquier anomalía o contratiempo nos va a afectar muchísimo más que a otros”.

El trabajo de Verdiblanca ha servido para que, en la actualidad, más de 650 socios tengan un trabajo. Y para el colectivo de personas con discapacidad intelectual, mantienen el Centro Ocupacional Juan Goytisolo.

La asociación comenzó en Almería, pero ya ha conseguido contratos laborales en otras provincias andaluzas. El último, este mismo año, con el Ayuntamiento de Málaga, para el que Verdiblanca realizará las labores de limpieza en varios edificios municipales. Asimismo, este curso han recuperado rutas de transporte escolar en la capital para varios centros educativos en los que estudian alumnos con discapacidad.

“La administración no tiene recursos infinitos, no tiene para atender a toda la población”, recuerda Sánchez de Amo, que añade que “las organizaciones buscamos recursos en otros sitios, donde no puede llegar la administración, y buscamos la solidaridad de la gente, que tampoco puede buscarla la administración”. Y, además, ellos también son solidarios. Así, este mismo año han recogido alimentos donados por sus trabajadores que luego “hemos repartido en comedores sociales”.

(Reportaje publicado en el número de diciembre de 2021 de la revista Foco Sur).

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